EL ESPEJO
Por los oscuros laberintos de mi mente, tras un camino no siempre esperanzador, encontré la luz que marca mis pasos; pasos que durante años creí perdidos entre las ruinas de mí mismo. La luz no habló, no hizo promesas ni exigió sacrificios; simplemente estaba allí, esperando a que dejara de correr. Correr de mis miedos, de mis errores, de las voces que confundían culpa con verdad; verdad que no gritaba, sino que susurraba en el centro exacto del silencio: «Nunca estuviste solo». Solo entonces comprendí que los laberintos no habían sido construidos para perderme, sino para obligarme a buscar. Buscar hasta desgastar el orgullo, buscar hasta caer, buscar hasta quedarme sin máscaras; máscaras que fueron cayendo una a una como hojas secas al final del otoño, hasta que frente a mí no quedó un héroe, ni un perdedor, ni un pecador: sólo un hombre. Un hombre cansado, herido, terco y, pese a todo, todavía capaz de amar. Amar fue la puerta; puerta que no conducía hacia fuera, sino hac...