EL ESPEJO
Por los oscuros laberintos de mi mente, tras un camino no siempre esperanzador, encontré la luz que marca mis pasos; pasos que durante años creí perdidos entre las ruinas de mí mismo. La luz no habló, no hizo promesas ni exigió sacrificios; simplemente estaba allí, esperando a que dejara de correr. Correr de mis miedos, de mis errores, de las voces que confundían culpa con verdad; verdad que no gritaba, sino que susurraba en el centro exacto del silencio: «Nunca estuviste solo». Solo entonces comprendí que los laberintos no habían sido construidos para perderme, sino para obligarme a buscar. Buscar hasta desgastar el orgullo, buscar hasta caer, buscar hasta quedarme sin máscaras; máscaras que fueron cayendo una a una como hojas secas al final del otoño, hasta que frente a mí no quedó un héroe, ni un perdedor, ni un pecador: sólo un hombre. Un hombre cansado, herido, terco y, pese a todo, todavía capaz de amar. Amar fue la puerta; puerta que no conducía hacia fuera, sino hacia ese lugar secreto donde Dios no esperaba en un trono, sino respirando en cada latido. Latido tras latido, paso tras paso, la oscuridad dejó de ser enemiga, y los pasos nos llevaron a una claridad diáfana, porque de lo sencillo nacen las grandes verdades; verdades que no necesitan adornarse para ser eternas. Eternas como el eco de una palabra dicha con amor, como el agua que no presume y, sin embargo, sostiene la vida. Vida que se abre paso entre las grietas, igual que una semilla obstinada que desconoce la palabra imposible. Imposible parecía encontrar sentido cuando todo era ruido, prisa y sombras; sombras que se disiparon lentamente al comprender que la luz nunca estuvo fuera, sino aguardando en el lugar más íntimo del alma. Alma que, cuando deja de fingir, descubre que la verdad no complica: ordena. Ordena los pensamientos, ordena las heridas, ordena los pasos; pasos que, al final, nos devuelven al principio. Principio donde todo era sencillo: respirar, amar y reconocer que las grandes verdades nacen siempre de lo sencillo. Pues allí reside la belleza, no en lo hermoso solamente, sino en el esfuerzo de ir creciendo constantemente; constantemente, como el río que no se detiene aunque las piedras intenten torcer su rumbo. Rumbo que no siempre entendemos, pero que nos moldea con la paciencia del tiempo. Tiempo que pule las aristas, que transforma la herida en experiencia y la experiencia en sabiduría. Sabiduría que no nace de saberlo todo, sino de aceptar que todavía estamos aprendiendo: aprendiendo a caer sin destruirnos, a levantarnos sin orgullo, a amar sin poseer. Poseer nunca fue la meta. La meta es convertirse, día tras día, en una versión más limpia, más libre y más verdadera de uno mismo; el mismo hombre, con los mismos ojos, pero con una mirada distinta. Distinta porque ya no busca la perfección, sino la coherencia; coherencia entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Hacemos camino mientras crecemos, y crecemos mientras aprendemos a mirar. Mirar entonces la belleza donde antes sólo veíamos esfuerzo. Esfuerzo que, sostenido con amor, termina revelando que lo más hermoso no es haber llegado, sino seguir creciendo constantemente
Comentarios
Publicar un comentario